sábado, marzo 17, 2012

AUTORES INCLUÍDOS EN ANTOLOGÍAS por Martín Sosa Cameron



Autores incluídos en los libros Antología de la poesía moderna de Córdoba (1)  e Imaginero de Córdoba (2), de Martín Sosa (Martín Sosa Cameron)



Jorge W. Ábalos (2)
Enrique Anderson Imbert (2)
Héctor Bianciotti (1, 2)
Rosalba Campra (2)
Arturo Capdevila (2)
Brandán Caraffa (1)
Juan Coletti (2)
Carlos Culleré (1, 2)
María Adela Domínguez (1)
Juan Filloy (2)
Félix Gabriel Flores (1)
Martín Gil (2)
Rodolfo Godino (1)
Martín Goycoechea Menéndez (2)
Feliciano Huerga (2)
Juan Larrea (2)
Enrique Larreta (2)
Leopoldo Lugones (2)
Maximiliano Mariotti (2)
Marcelo Masola (1)
Carlos Mastrángelo (2)
Daniel Moyano (2)
Manuel Mujica Lainez (2)
Alejandro Nicotra (1)
Antonio Oviedo (2)
Luis Guillermo Piazza (1, 2)
Osvaldo Pol (1)
Abel Posse (2)
Enrique Luis Revol (1, 2)
Romilio Ribero (1)
Martín Sosa Cameron (2)
Emilio Sosa López (1)
Marcelo Torelli (2)
Hugo Wast (2)
Iván Wielikosielek (2)
Armando Zárate (1, 2)


Libros consultados, Antología de la poesía moderna de Córdoba, Ediciones Morena, Córdoba, Argentina, 1986, e Imaginero de Córdoba, Ediciones del Fundador, Córdoba, Argentina, 2000, ambos de Martín Sosa Cameron


viernes, marzo 16, 2012

CUENTOS MUY LARGOS, por Martín Sosa Cameron

CUENTOS MUY LARGOS


Martín Sosa Cameron




 
BÍBLICO

Cuando Abel resucitó, lo primero que hizo fue matar a Caín.



NARCISO

Miró su hermoso rostro en el espejo y cariñosamente, apoyando los labios, lo besó en la frente.




TÚ…

Estás leyendo el más corto.


domingo, marzo 11, 2012

CELACANTO (Fragmento, Segundo acto) Por Martín Sosa Cameron

CELACANTO (Fragmento, Acto segundo)



Por Martín Sosa Cameron


ACADÉMICO.— (Leyendo del papel.) “Para nada tábido, pero semi iletrado, con un nimbo tan pobre como una biznaga, nunca frecuentó los plúteos; ya desde pequeño trabajó, desempeñándose como hortera y ahora, tras una operosa jornada, digna de un jelfe, salía cansado del algorín; él mismo, con su sesgado pensamiento, se veía como un troj; en el fondo, era un hastial, desesperado por conseguir, a modo de pitanza, un apanaje; de secreto temperamento hiemal, a todos sus actos los presidía una ignavia para la que no hallaba emoliente ni sabía cómo lenificar; mogate para razonar, con un pensar lábil y cubierto de palor, en su habitual aoristía, mientras la sombra reflejaba su perfil braco en tanto gustaba con galbana una diaprea y un zato, …

LOS DOS HERMANOS.— ¡Basta, basta, no se entiende nada!

ACADÉMICO.— (Mira severamente a los DOS HERMANOS y continúa.) … “no sabía si concurrir al bodijo, el cual se le antojaba, despectivamente, ora una boyada, ora una calabriada o una hastiante mololoa donde podría haber desde un farotón hasta un fasionable —quizás con avilantez usando una clámide antes que un corcusido—, todos, según él, protervos, alcohólicos sitibundos, completando (ya no tan pobre, entonces, su mente, ¡vaya sus contradicciones!) un piélago con cenobitas y catavinos, un completo ñaque, y junto a su indecisión estaba la amenazante tromofilia, isócrona molestia, que ayudaban a su fayanca y, siempre sin resolver qué hacer, aunque allí normalmente nada podía periclitar, meditaba si ir o no, falta como era de verdadera enjundia, temeroso de cualquier agraz o viarazas —propias y ajenas— y sin encontrarles ningún efugio.

LOS DOS HERMANOS, EL HOMBRE Y LA MUJER.— ¡Basta, basta, no entendemos nada!

ACADÉMICO.— (Inmutable, prosigue.) “Algo bascoso, pero no beocio, siento un tanto alano, pensó en alguna baruca y esto le dio alacridad, mientras observaba un hermoso boj a orillas del chortal lleno de cínifes; ¿en el yusero de la llambría, tal vez? Y admiraba el chozpar a su alrededor de bellas quirigallas y roznos libres de gamella… ‘¡Ah, si me dedicase a la montería venatoria y apresara una lamia!’ suspiró con voz rauca y con usgo. Venático, era un poco valetudinario y recordó los placebos y el wismol que guardaba en su carcaj: ‘¡Ah, si fuera un xenxis!’, exclamó tartajeando, ‘no sería un faquín y podría entalegar’, y desde lejos vio a su amada, sentada en un viejo traspuntín, vestida con incuria, con una hopalanda, y la hetaira lucía, a modo de gablete, un hopo que la asemejaba a un hoplosteto, ¡qué cabeza de incus!”

SINADELFO.— (Al ACADÉMICO.) ¿Eso es todo?

ACADÉMICO.— (Guardando el papel.) Siempre anoto lo que escribo, así no lo olvido. ¿Eh? ¿Que si es todo? Sí, ¿qué les pareció? ¿Les gustó, está bien?

SINADELFO.— Sinceramente, yo no entendí nada.

ACADÉMICO.— (A las TRES MUJERES VIEJAS.) Y ustedes, nobles damas, ¿entendieron algo? ¿Qué les pareció?

LAS TRES MUJERES VIEJAS.— (A coro.) Algo lata, algo lato.

ACADÉMICO.— (Lloroso.) Oh, ¿nadie entendió nada? Pero si es nuestro idioma, nuestra lengua común… (Patético.) ¡Nadie me comprende, nadie me entiende, nadie me quiere! Aquí la oscuridad es un destino, la luz una ilusión… (completamente abatido, se sienta.)

(Las TRES MUJERES VIEJAS empujan la silla del
SINADELFO.)

EL HOMBRE Y LA MUJER.— (Tomando al SORDO.) ¡Vámonos, vámonos de aquí, dejemos solo a este engreído!

        (Salen todos por la izquierda, quedando únicamente el 
              ACADÉMICO en escena, inmóvil y 
             con la cabeza entre las manos…)