lunes, diciembre 14, 2015

NIKOLAI GUMILEV Poemas






NIKOLAI   GUMILEV
(1886-1921)

Nació en la fortaleza de Kronstadt, en la familia de un médico naval. Estudió en la Universidad de San Petersburgo y en la Sorbona. En 1910 se casó con Anna Ajmátova. Tuvieron un hijo.
   Viajó mucho por Europa, Egipto y Abisinia. Al principio de la primera guerra mundial partió como voluntario al frente, donde, por su coraje, recibió una condecoración.
   Fue ejecutado en Leningrado en 1921 por conspirar contra el gobierno de los soviets.
   Pocas horas antes de la ejecución, escribió a su mujer: “no te inquietes. Me siento bien, leo a Homero y compongo versos”. Un poco más tarde esperó, sonriendo, el disparo de los fusiles.
   Fue fundador del “Acmeísmo”, movimiento poético que tuvo sus raíces en el simbolismo.

   Su poesía desarrolla la idea del “hombre valeroso”, que lucha por su derecho de vivir y morir de acuerdo con sus principios.



SONETO

   Como un conquistador en coraza de hierro
salí al camino y voy alegremente.
Descanso en el jardín dichoso,
o me inclino hacia quebradas y abismos.

   Por el cielo turbio y sin estrellas
a veces crece la niebla; pero río y aguardo
y tengo fe en mi estrella, como siempre,
yo, conquistador en coraza de hierro.

   Y si en este mundo no está en nuestra mano
desoldar el último eslabón,
que llegue la muerte; estoy llamándola...

   Lucharé con ella hasta el final
y tal vez mis dedos moribundos
aun puedan lograr un lirio azul...

(“El camino de los conquistadores”, 1905)



LA   CITA

   Hoy tú vendrás hacia mí.
Hoy por fin comprenderé
por qué es tan triste y extraña
la soledad con la luna.

   Pálida te detendrás
y en silencio te quitarás la capa.
¿No es así como la luna
se levanta del bosque tupido?

   Hechizado por la luna,
encadenado por ti,
seré feliz con mi vida,
las tinieblas y el silencio.

   Así la bestia de las selvas tristes
al sentir la primavera
escucha el susurro de las horas
y mira pasar la luna.

   Cautelosa se desliza en el barranco
a despertar los sueños de la noche
y su paso ágil arregla
con la marcha de la luna.

   Como ella quiero callarme,
mirar y languidecer,
guardando solemne silencio,
tu silencio, oh, Noche...

   Y habrá muchas lunas claras
en mí y a mi alrededor;
pálida costa de dunas
se abrirá llamándome.

   El mar verde y rumoroso
me traerá de las tinieblas
corales, flores y perlas,
dones de tierras lejanas.

   Y el aliento de mil seres
desvanecidos hace mucho tiempo,
y el sueño obscuro de las cosas mudas,
y el estrellado vino.

   ...Partirás y escucharé
el último canto de la luna
y veré de nuevo cómo surge el día
sobre la calma de las dunas pálidas.

(“Las perlas”, 1910)



DON   JUAN



   Altivas y sencillas son mis ansias:
empuñar el remo, poner el pie al estribo,
engañar al tardío tiempo fugitivo
y en nuevos labios beber nueva fragancia.

   En la vejez, el precepto de Jesús:
bajar la vista, llevar nieve en la frente,
y en el alma llevar cual penitente
la carga redentora de una cruz.

   Tan sólo cuando en una orgía triunfante
me recobro ya hastiado de placer,
asustado de la soledad y el frío,
me recuerdo, átomo insignificante,
que no tuve nunca niños de mujer
y nunca llamé a un hombre “hermano mío”

(“Las perlas”, 1910)



SONETO

   Tal vez estoy enfermo... Hay brumas en mi corazón.
Todo me aburre... La gente y sus cuentos.
Sueño con los regios diamantes
y con un ancho yagatán ensangrentado.

   Me parece que mi abuelo debía ser
un tártaro de ojos rasgados,
o quizá el huno cruel... y el aliento de la herencia
venida a través de siglos, me posee.

   Quedo mudo y ansioso... Se borran los muros,
y veo el mar rizado de blancas espumas,
y la roca de granito, bañada de sol.

   Veo la ciudad con sus cúpulas azules,
sus jardines florecidos de jazmines...
¡Allí luchamos, y allí fui muerto yo!...

(“Cielos ajenos”, 1912)



MUERTE

   Hay muchas vidas dignas,
sólo una digna muerte.
Bajo las balas, en esas zanjas quietas
uno cree en la bandera de Dios.

   Por eso se sabe con tanta claridad
que a la hora única y severa,
a la hora en que como una nube roja
el día querido se aleja de los ojos,

   la bóveda celeste se abrirá
frente al alma, y, por las nubes,
blancos caballos la llevarán
hasta la altura deslumbrante.

   Allí hay un jefe en radiante coraza,
con yelmo de rayos estrellados;
hay trompeteros de alas ígneas
llamando a la antigua fiesta de la guerra.

   Aquí, sobre la tierra, también
la misma muerte está clara y sencilla:
aquí el compañero se aflige sobre el caído
y le besa los labios.

   Aquí, el padre con su sotana rota,
enternecido, canta la oración;
aquí se toca una marcha majestuosa
sobre el montón que ya apenas se ve.

(“El aljaba”, 1916)



LA   OFENSIVA

   Aquel país que podría ser un paraíso

se convirtió en guarida de fuego.
Avanzamos cuatro días,
cuatro días de no comer.

   No es preciso el manjar terrestre
a esta hora extraña y clara,
porque la palabra de Dios
nos mantiene mejor que el pan.

   Las semanas cubiertas de sangre
son deslumbrantes y ligeras...
Sobre mí se desgrana la metralla,
y más rápidas que aves vuelan las espadas.

   Grito, y mi voz salvaje
es cobre golpeando el cobre.
Yo, portador del gran pensamiento,
no puedo, no puedo morir.

   Como martillos de trueno,
o como olas de mares enojados,
el corazón rubio de Rusia
late, rítmico, en mi pecho.

   ¡Oh, qué blancas las alas de la victoria!
¡Cómo fulguran sus ojos!
¡Oh, qué sabia es la voz
de su trueno purificador!

   Tan dulce es lucir la victoria
como cubrir a una mujer de perlas,
y pasar sobre la humeante huella
del enemigo en retirada.

(“El aljaba”, 1916)



INVITACIÓN   AL   VIAJE

   ¡Partamos! ¿No te gustaría escuchar
a la hora en que se yergue el sol
las extrañas baladas y los cuentos
de las rosas de Abisinia?

   Cuentos de antiguas reinas magas,
de leones coronados de flores,
de los ángeles negros, de las aves
que tienen su hogar entre las nubes.

   Allí haremos de abeto nuestra casa:
esquineros de piedra le pondremos;
los paneles serán roja caoba
y los pisos serán de palisandro.

   Hallaremos un viejo musulmán
que en monótona voz ha de leernos
la canción de Rustem y de Zorab,
y el amor de los reyes y las vírgenes.

   En los montes donde el viento grita
cortaré la madera: altivos cedros
que vendrán olorosos de resina
y plátanos que se elevan hasta el cielo.

   Tú estarás con las flores entretanto,
y he de regalarte una gacela
con los ojos tan tiernos que parezcan
el lejano cantar del caramillo.

   Tendrás también un ave del paraíso
más hermosa que las rojas auroras
para adornar con sus alas irisadas
la milagrosa mata rubia de tu pelo.

   Y cuando el carro de la vida
se deslice hacia la meta fatal,
sin pesar le veremos alejarse
y a la muerte diremos: “¿es hora ya?”

   Sin tormentos, sin vagas fantasías
partiremos hacia el reino de Dios,
saludando con sonrisa clara
las regiones que ya vimos otra vez.



(De “Los versos inéditos”, 1916-1918)



LA   QUE   DERRAMA   LAS   ESTRELLAS

No siempre eres ajena y orgullosa
y no es siempre que no me deseas.

Queda, queda y tierna como en un sueño
sueles venir a veces hacia mí.

Sobre tu frente hay un mechón espeso
que no me atrevo a besar.

Y tus grandes ojos se encienden
con la luz mágica de la luna.

Mi amiga tierna, mi implacable enemiga:
tan bendito es cada paso tuyo,

como si pisaras sobre mi corazón
derramando estrellas y flores.

No sé adónde las cogiste
ni por qué te ves tan clara...

¡Oh, quien gozó de un instante a tu lado
ya no podrá desear nada más en la vida!

(“La hoguera”, 1917)



EN   BRETAÑA

   Salud, oh, mar... Tú eres de esos mares
por donde navegan las galeras
y caballeros vestidos de seda
conquistaban a los reyes bárbaros.

   ¿No es extraño que yo quiera más
aquellos mares temibles
donde hay tiburones y quimeras,
terror de pescadores de piel negra?

   Aquellos mares... Oigo su ronca voz
y veo sus celajes de arrebol
en la quietud nocturna de mi cuarto,
a la hora en que me siento flecha y arco
y es mi alma sólo éxtasis y anhelos
frente a la belleza de la mujer.

(“La hoguera”, 1917)



...

   Tan sólo al terciopelo negro
donde queda olvidado un diamante
podría comparar la mirada
de sus ojos que parecen cantar.

   Su carne de porcelana
me atormenta con blancura tan vaga
como un pétalo de azucena
bajo la luna moribunda.

   Aunque sean de cera las tiernas manos,
la sangre en ellas cálida está
como una vela inextinguible
frente a la imagen de María.

   Y Ella toda es ligera como una alondra
que en el tiempo claro del otoño
se prepara ya a despedirse
de esta su triste tierra del Norte.

(“A la estrella azul”, 1918)




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